martes, 23 de agosto de 2011

Capítulo ocho: La pared de Colonia



Para Fede



Debe haber sido invierno. Lo recuerdo así porque llevábamos todos los abrigos posibles incluyendo la mítica tricota (como una polera de lana bastante fea) y el gabán.


Como era un injerto, al igual que Andrés, Tomás para los amigos, Reclutincho y Manu, fuimos con la lacra de la lacra: Luis Galli, el Pochón Ciarla y algún otro convicto. Esta interesante conjunción de especimenes no hizo, como me gustaría haber recordado, el viaje mas divertido ni mucho menos.


Yo realicé toda la travesía por el Río de la Plata algo introspectivo. Nunca había ido a Uruguay, ni a Colonia ni, vale aclarar, navegado mas de veinte minutos en algún barquito que otro timoneaba. Acá éramos nosotros, 7, 8 o 9 cadetes y el profe que tampoco me caía muy bien. El velero era de los comúnes, medianos, no espere el pretencioso lector que recuerde la eslora o algo así. Tijuca se llamaba - me recuerda el marinero de Citybell el barco con el que hacíamos, toda la promoción, un viaje por mes por órden de mérito. Nosotros habíamos sido los últimos claro está.


La ida fue ideal. Hubo un sol hermosamente cálido y no se sintió viento en absoluto. Asi que de esto se trata navegar…no esta nada mal – pensé para mis adentros todo el viaje mientras comía unos lomitos al pan que largaba Ciarla. Zarpamos temprano un día de semana y llegamos al atardecer de ese mismo día.


Colonia es soñado.


Lo sé por un viaje posterior, no por ese ya que no recuerdo casi nada en lo absoluto. De lo que recuerdo, nada vale la pena, por lo tanto apuntaré dos o tres cosas que redondeen la idea que quisiera transmitir de este viaje hacia fuera del país y hacia dentro de uno mismo.


Llegámos, amarramos y salimos a dar una vuelta en búsqueda de una casa de cambio y quizás, recorrer un poco.


En alguna parte de ese casco histórico de Colonia, donde supieron edificar primero los Portugueses y luego los Españoles, dando lugar a un interesantísimo barrio de la conjunción arquitectónica que sorprende a la vista y reconforta los sentidos y el alma –no exagero-, había una pared de piedra. Si fuiste, sabés que hay muchas paredes de piedra. Pero hubo una.


El profesor inocentemente dijo que todos los cadetes en sus respectivos viajes habían subido la imponente pared y era algo así como un reto para todos nosotros.


Cuando termino la frase yo ya iba por la mitad del alto muro. Y claro, habiendo venido del interior yo había traído las únicas cualidades que mi educación me habían permitido: me comía las eses, era confianzudo y sabía trepar árboles como un mono.


Así es que, prácticamente con una mano, batí todos los récords de escala de muros de toda la promoción. Hecho que, debido a su escasa importancia, nadie debe recordar o siquiera haber conocido pero que es para mí, reconfortante. Aunque no entregaron estrellas ni rosetas por ello.


Luego de la tremenda peripecia cambiamos unos pesos en una casa de cambio e hicimos las compras para un asado. Sin vino.


El ortodoxo dirá, con razón, que sin vino no hay asado que valga: ¿Carne con gaseosa? O peor aún, ¿Carne con agua? Así las cosas, debo haber disfrutado ese asado como pocos en mi vida; no olvidar el contexto donde metía un pedazo de carne a mi boca: El Liceo.


En el Liceo no se comen asados.


Luego dormimos y al otro día temprano emprendimos una fatigada y ventosa vuelta a la ESMA.






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Colonia, Agosto de 2011
Extractos de apuntes de viaje


Todo lo que está en mi pensamiento es esa pared.

Vuelvo a Colonia 9 años después de aquella proeza y, aunque mi novia que es mi acompañante no lo sepa, solo puedo pensar en esa pared y en cómo voy a hacer para volver a subirla para demostrarme a mí mismo que sigo siendo la misma persona.

Nada era como lo recordaba. El casco histórico de Colonia es un lugar apacible, lleno de amistosos turistas pero cómodo y lejos de desbordarse de gente. Los días son soleados y, aunque nos toque bastante frío, el sol nos amaina la travesía.

Dicen que con un día está bien para recorrerlo todo. Yo saqué cuatro.

Todos los restaurantes me gustan pero sólo podré sentarme, como mucho en 3 o 4 de ellos, por costos y cantidad de días. -No se puede cenar más de una vez por día maestro-. Se entra por un puente al mejor estilo “Castillo de película” rodeado por una pared de piedra que amaga con ser lo que estoy buscando. Me equivoco, esa empalizada ya desgastada dista de tener la altura que recuerdo y además, tiene escaleras a los costados y pequeñas laderas de tierra y piedras que hacen casi imposible encontrar un lugar por donde escalar. Todo está lleno de faroles muy pintorescos y de calles de adoquín que me recuerdan a mi Pringles, donde esas calles aún abundan.

Subimos al faro y aprovecho para observar desde la altura todo el barrio y las construcciones en un día soleado y despejado sin viento: la vista es perfecta.

Bajamos a la breve costa y caminamos el barrio desde allí: Ni noticias de la pared. Flor se inquieta por los lugares que le hago transitar y no la culpo, ella no sabe lo que estoy buscando y tampoco tiene mucho sentido que se lo comente. Dista mucho esta peripecia de playmóvil de una película de Indiana Jones.

El mate, y la recurrencia al lugar por varios días hace que nos movamos como peces en el agua, naturalmente. Ya no somos los turistas ahí. Ya no nos ofrecen cosas raras ni nos piden que colaboremos para cosas, como decirlo, incolaborables.

Por el extremo Este del barrio, sobre el muelle, encuentro lo que me parece ser aquél lugar donde hicimos el asado de aquella vez: un salón medio pelo pintado de blanco, vidriado con vista al río, con una parrilla a un extremo y cortado al medio con una mesa larga y delgada, como las de los grandes quinchos. Ahí fue – le comenté a mi novia quien no pareció inquietarse demasiado. Y es verdad. No vas por la vida contando donde comiste y donde no porque seríamos todos insoportables y yo ya de por sí lo soy (y lo estoy contando igualmente).

Este encuentro casual aviva mi búsqueda. Subo y bajo las rocas que lindan con la costa, recorro todo el muelle esperanzado, miro a mis alrededores y nada.

El día se acaba.

Preguntar no habría tenido gracia.

El último día de mi viaje termina y, viendo ese atardecer uruguayo que mis compañeros conocen bien, decido que mi búsqueda ha terminado sin éxito.



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Hoy, en frío, pienso en aquella pared y en la proeza de casi diez años atrás. Subir una pared, una meta corta, uno de los grandes logros de mi vida. Subirla y subirla primero. Haber sido el más rápido. Haber sido alguna vez mejor que alguien. Haber sido el mejor. Son pequeños pensamientos que vuelven a mi mente y la reconfortan hoy, como hace tanto tiempo atrás.

Quizás esa pared nunca existió. Quizás esa pared estaba dentro de mí y, volver a los lugares frecuentados haga de cada uno de nosotros personas más reflexivas respecto del pasado y así, personas mas ajustadas al presente, conscientes del camino recorrido. Se trata de subir paredes constantemente –o derribarlas para los adeptos a Roger Waters-. Transgredirse a uno mismo. Superarse. Crecer. El viaje, asímismo, también son dos, el de la ruta y el introspectivo, hacia uno mismo.
La pared fuí siempre yo y olvidadíso de que ya la había subido, quise subirla otra vez. Pero ya no tenía nada que demostrarme que no me hubiera demostrado antes.

Volviendo a lo del premio por haber subido más rápido, Darío me regaló en más de una oportunidad alguna condecoración que tuvo bien merecida.

Como yo.


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