-Los momentos aislados no recuerdan toda la historia.
-No estoy de acuerdo.
Dormí en cinco camas distintas durante mi estadía en el Liceo. En el reclutamiento dormí en un apartado con mis compañeros con los que entraba a segundo año. En la parte opuesta del camarote donde estarían los que entraban a primero, separados por la fila de taquillas. Ya en el año lectivo dormía con mis nuevos compañeros ordenados por matrículas (Con Fede y Pino) en el mismo camarote pero reajustado para muchas personas. En tercero me mudaron al piso de arriba, del mismo lado de taquillas. En cuarto dormía en casi la misma cama que en segundo, en el piso de abajo y en quinto, exactamente en la misma cama que en cuarto, pero del otro lado del camarote.
Lo curioso es que siempre tenía una vista directa a una ventana y así, podía ver siempre el cielo antes de dormir. Juraría también, que todas, absolutamente todas las noches de aquellos años pude ver la luna antes de cerrar los ojos. Siempre estaba ahí. Era como si durmiera debajo de su reflejo plateado que me resultaba tan familiar…
…No sé que año era, para ambientarme en tiempo y espacio diré que estábamos viendo como mas o menos un estreno una de James Bond: Die another day. Era curioso, porque en un campamento no se ven películas. Bueno, en este sí. Éramos pendejos y teníamos un campamento en Rustiko, una pileta a la que íbamos todas las tardes. Éramos chicos pero no tanto: ya no llevábamos carpa sino algunas botellas de algo para incursionar en eso de las bebidas alcohólicas: Algún vino, Gancia…
Veíamos esa peli…Yo ya la había visto así que me fui a dar vueltas, a ver quién dormía y quién no y terminé tomando una copa con Paqui y Yoyo.
No sé que era, pero estaba inquieto. Ni la película ni la bebida podía parar a las hormigas que sentía me caminaban por dentro de todo el cuerpo. Me entretuve un rato viendo a Naza borracho actuando uno de sus personajes mas famosos: Marta. Y se entusiasmó tanto con la aprobación del público (y las copas que llevaba encima) que decidió caminar en alguna dirección hasta llegar a China. Si, a China. Empezó a caminar y todos se lo festejamos creyendo que era imposible que no volviese luego de caminar 200 metros pero no fue así. Desapareció de la vista. De todas formas no nos preocupamos, cada uno volvió a lo suyo y yo me encontré con Gimena.
Gimena es una de mis amigas íntimas. Nos conocemos desde muy chicos y tenemos mucha confianza. No digo que sea fea, sino todo lo contrario. Pero somos amigos. Nos sentamos en un cantero y empezamos a charlar. Imaginemos el lugar: Un ámplio pastizal oscuro lleno de plantas y personas alrededor pero en la lejanía. Un cielo estrellado, una luna brillante un varoncito y una nenita.
No. No hicimos nada.
O sí.
Charlamos mucho. Muchísimo. No recuerdo de que y estoy seguro de que ella ni siquiera recuerda el momento. Lo que sucedió al final de esa conversación fue que terminamos sintiendo lo nítida, fuerte y verdadera que era nuestra amistad o la relación que fuere (viste como pensás a los 14 o 15 años).
Para sellar ese momento tan especial -repito, ella no debe recordarlo- Elegimos una estrella como nuestra.
Borges siempre dijo que se arrepentía por no haberse aprendido el nombre de las estrellas y de las constelaciones. Yo no sabía ni quién era Borges –hasta que me lo dijo Andrés- pero sentí eso en ese momento: Saber que esa estrella que señalamos con nuestros dedos representa algo tan importante para nosotros y tiene un nombre que desconocemos. Era una fácil de ubicar, como para que tuviera sentido al menos por el mes que durara en nuestra volátil memoria de adolescentes. Vimos las Tres Marías y notamos que la que estaba mas arriba señalaba casi directamente una estrella un poco alejada que parecía ser la más brillante del firmamento. Ésa fue la que elegimos.
Nunca volvimos a tocar el asunto.
Una de esas noches de luna del Liceo (que pudo ser cualquiera) lo recordé.
Había estado oculto en mi memoria por muchísimo tiempo pero lo había recordado. Freud se haría un banquete intelectual con esto- pensé mientras me reía por dentro. Y debe de haber vuelto a mi mente gracias a las inútiles clases de navegación que teníamos por aquellos días. Aprendíamos cosas del cielo, de marcadores de rumbos magnéticos, del viento, de fregar los pisos y de las estrellas. Había algunos libros a los que tenía acceso en donde podía averiguar el nombre de mi estrella. Mí estrella. Nuestra estrella. Me juré recordar esto y me entregue al sueño.
Al otro día me levanté de buen humor y algo impaciente. Obvié como era costumbre el Mate cocudo y comí solo uno de los dos alfajores La Nirva que me dieron pensando en llegar al aula y terminar con este asunto.
Éramos pocos los que entramos al aula esa mañana temprano. Y todos, como siempre no querían hablar sino dormir antes de la hora de formación así que no iba a tener impedimentos ni molestias. Seríamos solo el librito rojo tapa dura y yo.
Entré. Me senté en mi silla de siempre. Corroboré que siguiera mi flamante rótulo 123 y abrí mi cajonada (así se llama lo que en Pringles es a secas un banco).
Ordenadamente quité el libro rojo de la ordenada pila. Estaba debajo del todo porque jamás lo había usado y nunca lo usaría tan útilmente como ese día. Lo miré: Sólo vos y yo. Lo abrí y empecé a ojearlo buscando el mapa de las estrellas o algo así.
No recuerdo como era la hoja que me lo dijo: Sirio se llamaba La estrella.
De haber existido en ese momento un teléfono celular como el que tengo ahora a mi lado hubiera, instintivamente escrito un mensaje a Gime contándole la novedad aunque ella no hubiera entendido qué carajo significaba este estúpido mensaje a las siete menos cuarto de la mañana.
Supongo que los celulares, hoy por hoy, de alguna forma sirven para ayudar a obedecer los impulsos. Te podés comunicar con quién querés cuando querés, prácticamente. Yo hubiera dado lo que fuere por explicarle lo que había recordado pero no pude hacerlo. Sonreí. Guardé el libro y me dormí sobre la tapa de mi cajonada como era de costumbre.
Al despertar, diez profundos segundos después con un charco de baba chorreando, el impulso había desaparecido. No me importo entonces y recién ahora, cuando lo recuerdo otra vez y lo empiezo a escribir pienso que tal vez ella si lo recuerde. Que tal vez le alegre enterarse de donde llevo nuestro recuerdo aunque agarrado de una sola mano.
Durante toda mi estadía en el Liceo tuve siempre vista a la luna a través de la ventana. Y ya juré que, según mis recuerdos, tenía acceso ocular a la luna todas las noches que pasé ahí. En todas las noches en las que miraba atento a la luna recordaba nuestra estrella, Sirio, y a mi Gime. Pero ella nunca lo supo ni creo que llegue hasta esta adelantada página de este aburrido escrito, así que pienso que nunca lo sabrá a menos que una misteriosa y brillante luna le recuerde, alguna noche solitaria, a aquel campamento cuando éramos chicos y a nuestra estrella.
Deberíamos obedecer los impulsos.
El Liceo hace que uno se aferre a los recuerdos y a las cosas más inverosímiles. Apuesto plata a que mis compañeros me darían la razón.
Aclaración necesaria: La mañana después de la noche de campamento, cuando todos nos disponíamos finalmente a dormir bajo los rayos del sol volvió Nazareno, Marta, gritando a los cuatro vientos que había llegado a China y había vuelto porque no le favorecía el cambio de moneda.
