martes, 26 de julio de 2011

Capítulo siete: Los recuerdos mas inverosímiles

 

-Los momentos aislados no recuerdan toda la historia.

-No estoy de acuerdo.

 

Dormí en cinco camas distintas durante mi estadía en el Liceo. En el reclutamiento dormí en un apartado con mis compañeros con los que entraba a segundo año. En la parte opuesta del camarote donde estarían los que entraban a primero, separados por la fila de taquillas. Ya en el año lectivo dormía con mis nuevos compañeros ordenados por matrículas (Con Fede y Pino) en el mismo camarote pero reajustado para muchas personas. En tercero me mudaron al piso de arriba, del mismo lado de taquillas. En cuarto dormía en casi la misma cama que en segundo, en el piso de abajo y en quinto, exactamente en la misma cama que en cuarto, pero del otro lado del camarote.

Lo curioso es que siempre tenía una vista directa a una ventana y así, podía ver siempre el cielo antes de dormir. Juraría también, que todas, absolutamente todas las noches de aquellos años pude ver la luna antes de cerrar los ojos. Siempre estaba ahí. Era como si durmiera debajo de su reflejo plateado que me resultaba tan familiar…

…No sé que año era, para ambientarme en tiempo y espacio diré que estábamos viendo como mas o menos un estreno una de James Bond: Die another day. Era curioso, porque en un campamento no se ven películas. Bueno, en este sí. Éramos pendejos y teníamos un campamento en Rustiko, una pileta a la que íbamos todas las tardes. Éramos chicos pero no tanto: ya no llevábamos carpa sino algunas botellas de algo para incursionar en eso de las bebidas alcohólicas: Algún vino, Gancia

Veíamos esa peli…Yo ya la había visto así que me fui a dar vueltas, a ver quién dormía y quién no y terminé tomando una copa con Paqui y Yoyo.

No sé que era, pero estaba inquieto. Ni la película ni la bebida podía parar a las hormigas que sentía me caminaban por dentro de todo el cuerpo. Me entretuve un rato viendo a Naza borracho actuando uno de sus personajes mas famosos: Marta. Y se entusiasmó tanto con la aprobación del público (y las copas que llevaba encima) que decidió caminar en alguna dirección hasta llegar a China. Si, a China. Empezó a caminar y todos se lo festejamos creyendo que era imposible que no volviese luego de caminar 200 metros pero no fue así. Desapareció de la vista. De todas formas no nos preocupamos, cada uno volvió a lo suyo y yo me encontré con Gimena.

Gimena es una de mis amigas íntimas. Nos conocemos desde muy chicos y tenemos mucha confianza. No digo que sea fea, sino todo lo contrario. Pero somos amigos. Nos sentamos en un cantero y empezamos a charlar. Imaginemos el lugar: Un ámplio pastizal oscuro lleno de plantas y personas alrededor pero en la lejanía. Un cielo estrellado, una luna brillante un varoncito y una nenita.

No. No hicimos nada.

O sí.

Charlamos mucho. Muchísimo. No recuerdo de que y estoy seguro de que ella ni siquiera recuerda el momento. Lo que sucedió al final de esa conversación fue que terminamos sintiendo lo nítida, fuerte y verdadera que era nuestra amistad o la relación que fuere (viste como pensás a los 14 o 15 años).

Para sellar ese momento tan especial -repito, ella no debe recordarlo- Elegimos una estrella como nuestra.

Borges siempre dijo que se arrepentía por no haberse aprendido el nombre de las estrellas y de las constelaciones. Yo no sabía ni quién era Borges –hasta que me lo dijo Andrés- pero sentí eso en ese momento: Saber que esa estrella que señalamos con nuestros dedos representa algo tan importante para nosotros y tiene un nombre que desconocemos. Era una fácil de ubicar, como para que tuviera sentido al menos por el mes que durara en nuestra volátil memoria de adolescentes. Vimos las Tres Marías y notamos que la que estaba mas arriba señalaba casi directamente una estrella un poco alejada que parecía ser la más brillante del firmamento. Ésa fue la que elegimos.

Nunca volvimos a tocar el asunto.

Una de esas noches de luna del Liceo (que pudo ser cualquiera) lo recordé.

Había estado oculto en mi memoria por muchísimo tiempo pero lo había recordado. Freud se haría un banquete intelectual con esto- pensé mientras me reía por dentro. Y debe de haber vuelto a mi mente gracias a las inútiles clases de navegación que teníamos por aquellos días. Aprendíamos cosas del cielo, de marcadores de rumbos magnéticos, del viento, de fregar los pisos y de las estrellas. Había algunos libros a los que tenía acceso en donde podía averiguar el nombre de mi estrella. estrella. Nuestra estrella. Me juré recordar esto y me entregue al sueño.

Al otro día me levanté de buen humor y algo impaciente. Obvié como era costumbre el Mate cocudo y comí solo uno de los dos alfajores La Nirva que me dieron pensando en llegar al aula y terminar con este asunto.

Éramos pocos los que entramos al aula esa mañana temprano. Y todos, como siempre no querían hablar sino dormir antes de la hora de formación así que no iba a tener impedimentos ni molestias. Seríamos solo el librito rojo tapa dura y yo.

Entré. Me senté en mi silla de siempre. Corroboré que siguiera mi flamante rótulo 123 y abrí mi cajonada (así se llama lo que en Pringles es a secas un banco).

Ordenadamente quité el libro rojo de la ordenada pila. Estaba debajo del todo porque jamás lo había usado y nunca lo usaría tan útilmente como ese día. Lo miré: Sólo vos y yo. Lo abrí y empecé a ojearlo buscando el mapa de las estrellas o algo así.

No recuerdo como era la hoja que me lo dijo: Sirio se llamaba La estrella.

De haber existido en ese momento un teléfono celular como el que tengo ahora a mi lado hubiera, instintivamente escrito un mensaje a Gime contándole la novedad aunque ella no hubiera entendido qué carajo significaba este estúpido mensaje a las siete menos cuarto de la mañana.

Supongo que los celulares, hoy por hoy, de alguna forma sirven para ayudar a obedecer los impulsos. Te podés comunicar con quién querés cuando querés, prácticamente. Yo hubiera dado lo que fuere por explicarle lo que había recordado pero no pude hacerlo. Sonreí. Guardé el libro y me dormí sobre la tapa de mi cajonada como era de costumbre.

Al despertar, diez profundos segundos después con un charco de baba chorreando, el impulso había desaparecido. No me importo entonces y recién ahora, cuando lo recuerdo otra vez y lo empiezo a escribir pienso que tal vez ella si lo recuerde. Que tal vez le alegre enterarse de donde llevo nuestro recuerdo aunque agarrado de una sola mano.

Durante toda mi estadía en el Liceo tuve siempre vista a la luna a través de la ventana. Y ya juré que, según mis recuerdos, tenía acceso ocular a la luna todas las noches que pasé ahí. En todas las noches en las que miraba atento a la luna recordaba nuestra estrella, Sirio, y a mi Gime. Pero ella nunca lo supo ni creo que llegue hasta esta adelantada página de este aburrido escrito, así que pienso que nunca lo sabrá a menos que una misteriosa y brillante luna le recuerde, alguna noche solitaria, a aquel campamento cuando éramos chicos y a nuestra estrella.

Deberíamos obedecer los impulsos.

El Liceo hace que uno se aferre a los recuerdos y a las cosas más inverosímiles. Apuesto plata a que mis compañeros me darían la razón.

Aclaración necesaria: La mañana después de la noche de campamento, cuando todos nos disponíamos finalmente a dormir bajo los rayos del sol volvió Nazareno, Marta, gritando a los cuatro vientos que había llegado a China y había vuelto porque no le favorecía el cambio de moneda.

Capítulo seis: Mamá, Papá: El Liceo

 

Ya con el flamante uniforme de diario puesto y todo organizado en nuestras taquillas (según indicaba un papel que mostraba como ordenar cada cosa en el lugar apropiado para fomentar el orden y la prolijidad) el reloj dictó las doce y veinte: hora de almorzar.

Salimos del camarote y por primera vez sentí que era otra persona. Que ya no era ajeno o extraño a la monstruosa estructura que se erigía a mí alrededor. Ya formaba parte se eso. El asunto ya había comenzado y ya estaba muy metido en el. No había vuelta atrás. No mires atrás- me dije.

Pero había que almorzar. Nos hicieron formar una torpe fila a los gritos en orden de mayor a menor y sin perder el temor a la bravura del oficial caminamos en silencio pero rápidamente al comedor: un edificio situado a unos 50 metros del camarote.

Ese corto trayecto proyectaba en el lado derecho otro edificio de camarotes exactamente igual al nuestro que era ocupado por los aspirantes a suboficiales y en el lado izquierdo por el Casino de oficiales, un misterioso lugar que no estaba, como yo sospechaba, repleto de ruletas ni mesas de blackjack sino de cosas que se me revelarían mas adelante con el tiempo.

Entramos al comedor y ya estaban nuestras compañeras haciendo una fila para comer. Nos indicaron tomar una bandeja de color azul a un lado de la fila, poner un plato sobre ella y al pasar por el mostrador nos sirvieron una milanesa con no recuerdo qué como almuerzo. Nada mal –pensé.

Yo era uno de los últimos en haberme servido así que tuve problemas para encontrar una ubicación pero no entiendo que es lo que pretendía, de todas formas no conocía a nadie, cualquier lugar sería incómodo. Lo único importante era no sentarme una mesa que tuviera un oficial en la cabecera. Me senté yo mismo en una cabecera y no recuerdo más de ese almuerzo además de terminar, dejar la bandeja en un lugar destinado para ello a un lado de la barra de servicios y formar nuevamente afuera del edificio.

Formar, todo se hace previo formar para ello.

Tengo pocos y difusos recuerdos sobre el reclutamiento y me es imposible ordenarlos de una forma lógica o justa. Estoy limitado de antemano a contar las cosas según me las dicte la memoria, o me mienta el subconsciente.

El caso es que esa tarde (habrá sido seguramente) nos enseñaron algunas cosas básicas como la posición de firmes: espalda erguida, mentón en alto, las manos pegadas a los lados del pantalón con el dedo mayor sobre la costura en forma plana, los pies tocándose los tacos y las puntas alejadas a 45 grados, hombros para atrás. Por supuesto fue difícil lograr la postura adecuada pero con el tiempo todos la naturalizamos y se volvió algo común, hasta una posición cómoda para el cuerpo (sobre todo en las interminables ceremonias que estaban por venir).

Esa tarde era la primera visita de nuestras familias, por ende nos prepararon y acomodaron para tal efecto.

Lo más importante fue la revisión del corte de pelo. Había que ir con el pelo corto a uno. Yo me corte el pelo corto pero nada de exageraciones, asíque fuí uno de los primeros en tener que ir a la peluquería local (en un edificio que quedaba en diagonal al comedor) para que me destruyeran mi hermosa cabellera con un corte por demás prominente. (que luego repetiría en incontables ocasiones por la módica suma de dos pesos…imaginate el corte…)

Fui uno de los más afectados por el corte de pelo y eso saltó a la vista instantáneamente cuando mis padres y mis hermanos se reunieron conmigo aquella tarde en la plaza de armas (a.k.a., el patio donde se forma, rodeado de bancos para sentarse cuando te lo permiten). Alrededor se podían ver numerosas familias cada una de ellas sumergida en su pequeño mundo personal ocupado en el centro por un cadetito, al igual que mi familia y yo. Dimos unas vueltas mientras les mostraba lo poco que conocía del predio: el camarote, mi cama, mi taquilla, los zapatos de idiota, el comedor. Les conté el asunto de los monos. No mucho más.

Hasta entonces siempre había tenido la tranquilidad de no estar solo porque esperaba a mis padres. Pero cuando se fueron todo retomo su curso: formar, callarse, estar quietos, no tocarse. Cada vez que alguno movía un dedo nos pegaban unos gritos que se escuchaban hasta la cancha de River.

Nos enseñaron a ejecutar. ¿Qué es esto? Es un castigo físico y corporal pero también psicológico con el que se castiga la falta de marcialidad o apego a las normas militares. Hablás, ejecutás. Te movés en formación, ejecutás. Te vestís mal, ejecutás. Ejecutás, ejecutás.

Manos a la nuca, medio- nos decían para ponernos las manos en la nuca y arrodillarnos hasta tocarnos el culo con los tacos de los zapatos. Había que quedarse en esa posición hasta que el oficial gritaba arriba. Subíamos y volvía a decir medio, y así sucesivamente hasta que entendías que no había que volver a hacer eso que habías hecho mal por lo que estabas pagando con ejecuciones.

La otra forma era la clásica cuerpo a tierra: Te tirabas de jeta al piso -literalmente- y decían arriba y abajo para indicarte cuando tocar el piso con la pera sin apoyar el cuerpo o tener los brazos estirados y la espalda erguida. Con el mismo fin, destruir tu moralidad y hacerte transpirar y ensuciar las flamantes aunque horribles camisas nuevas.

Después estaban Las Paraguayas: eran como las flexiones de brazos pero de otro país. En lugar de subir y bajar tenías que aplaudir sin dejar que tu cuerpo caiga al piso. Un lindo ejercicio sobretodo para hacerlo 50 veces antes de comer así llegabas con las manos todas sucias y que decirte de la transpiración de las camisas, algo muy higiénico. Además, con los brazos acalambrados e inexpertos en esto de ejecutar, era difícil a veces llegar con el tenedor a la boca por el calambre. Eso lo contaré y graficaré mas tarde, con un cuento de El Guampa.

Capítulo cinco: Gracias hacen los monos

 

…123...

De todos los números de tres cifras a mi me había tocado 123. El más lógico de todos. El más fácil de recordar. Un punto de ventaja para mí- pensé.

Los que me rodeaban tenían las matrículas 124, 137, 169, 141…Lo mío era perfecto.

Todas nuestras cosas tenían nuestro número. Era como un cofre en el sentido más abstracto: Algo que contenía todas nuestras preciadas, preciadísimas, posesiones. Entonces fue difícil pensar que seríamos un número durante tantos años eternos. Un apellido y un número. No conozco un límite peor.

Miré alrededor y los vi a todos concentrados en su botín apilado sobre cada cama rotulada con respectivos números…123…

Había de todo…Unas camisas blancas manga corta, dos pantalones de vestir azules, un par de zapatos absolutamente desagradables solo comparables con las igual de desagradables Event blancas, una camperita finita ¿para la lluvia?, dos pares de medias azules y otros dos blancos…un pantalón corto del mismo azul (bien, bien militar) varias remeras blancas, algunas con el logo del Liceo en el lado del corazón, y una gorrita (para usar afuera- pensé) y un cinturón. Había varias pavadas más pero quisiera detenerme en el cinturón.

En Pringles, hay varios egresados del Liceo. Pepe Bisotti es Pringlense y vive a una cuadra de mi casa. El conoce a mis hermanos mayores pero yo lo conocí apenas

-creo que recuerdo- hace no tanto, cerrando Fuel, un bar de Pringles, en un temprano en 2008.

Okey, fue una charla de borrachos y de repente se que me enteré que era egresado del Liceo. Anécdota mía, anécdota de él, se nos hicieron las mil intercambiándolas. Pero no porque mil horas fueran suficientes, sino porque mil horas son suficientes para que el dueño del bar esté entre echarnos, denunciarnos o cobrarnos.

Nos fuimos haciendo eses esas dos cuadras que había que caminar, ya de día y al llegar a la puerta de su casa Pepe sacó las llaves de su bolsillo y me mostró el cinturón de su pantalón: El cinturón del Liceo, el mismo que estaba sobre la cama aquel día del inicio de mi reclutamiento. Me dijo que desde que salió del Liceo lo había llevado siempre. Siempre. Todos los días de su vida. Todas las veces que el pantalón llevase precintos ahí estuvo y estaría. Toda la vida- me juró. Naturalmente le creí.

De esa noche en adelante me crucé con mi Camada (así me llamó desde entonces) un millón de oportunidades y en todas, antes de saludarlo le levantaba la camisa o lo que fuere y chequeaba que ahí estuviese el susodicho cinto con el escudo de La Armada en un dorado gastado. Y siempre ha estado ahí. ¿Qué intenso sentimiento puede llevar alguien adentro como para mantener esa intachable conducta durante tantos años? ¿Un colegio puede hacer eso? ¿Es que existen sentimientos para esa clase de cosas?

Naturalmente.

Cuántos recuerdos deben relacionar a ese cinturón con el pasado de Pepe, no lo sé, pero sé, veo, y entiendo que deben ser muchos e intensos. Mis compañeros no me dejarían mentir.

Pero volvamos al reclutamiento: El Guardiamarina Medina Torre gritaba como una histérica órdenes de ponernos, sacarnos, probarnos y cambiar a otros talles nuestras cosas para corroborar que todo calce. A mí me entro todo bien, por suerte, porque estaba aterrado de tener que hablar con esos tipos, pero al pibe de al lado mío, el 137, no le entraba nada. Y cada vez que avisaba que otra prenda le quedaba chica, grande, o no la tenía ponía más furioso al GU. Finalmente le sacaron todo y arrancaron de nuevo con él una vez concluida la maniobra con todos los demás.

Después de… ¿Cuánto?, ¿dos horas? Terminamos con lo que sería el uniforme diario: Camisa manga corta blanca, pantalón de vestir y medias azules, los zapatos de imbécil, el cinturón -modelo Pepe Bisotti- y la gorrita (que siempre debía ir puesta en lugares descubiertos…sin techo, va).

Nos dijeron que existía algo llamado colación y que consistía en un breve alimento a media mañana, entre el desayuno y el almuerzo. Y era justamente en ese momento. Nos hicieron formar una fila, ¡en silencio!- gritaba ya sabés quién, y nos dieron una lata de gaseosa (por única vez en cuatro años) y un alfajor.

Ahí vendría mi primer escalofrío en serio:

Delante de mí en la fila venía el 124, (Federico Frigerio rezaba su rótulo) y cuando le dieron lo suyo dijo lo que cualquiera hubiera dicho: Gracias.

¡Gracias hacen los monos!- le contestó absurdamente, pero en un tono muy alto e intimidante, el bravo oficial.

Yo, piolón, retiré todo calladito la boca. No soy un mono

Capítulo cuatro: Pringles-Tres Arroyos

 

Martes 12 de enero de 2010.

Mi madre y mi abuela tienen cita con el oculista en Tres Arroyos. Yo, de vacaciones, me ofrezco a llevarlas y traerlas. Por pasear.

Tres Arroyos queda a no más de 120 Km. de Pringles en un camino totalmente recto y poco transitado: el viaje de ida saca solo la conversación.

Pongo el Unplugged de Clapton en la radio. A eso del quinto tema bajo el volumen, junto coraje, y por vez primera le digo a mi mamá que estoy escribiendo un libro. Uno de memorias. Sobre el Liceo y mis recuerdos sobre esos años.

Mis primeros días en el Liceo, y casi hasta todo mi primer año son muy difusos. Ni hablar de los trámites de ingreso y todos esos momentos previos. Entonces la entrevisto y hago que me cuente todo lo que recuerde de esos días.

Parafraseándola, en primera persona:

Los trámites de ingreso los hice mientras terminaba con las materias del 8vo año de La Escuela Agrotécnica. Y era el 8vo año y no Primer Año como en el Liceo porque en la provincia habían tomado el estúpido plan del Polimodal. Algo que en el momento no pude comprender y siempre me dijeron pero que con el tiempo pude asimilar. Era una reforma estúpida, me dice mi mamá quien trabaja en docencia y de bibliotecaria desde muy joven, que lo único que ha hecho es bajar el nivel de la educación en los colegios del interior de la Provincia de Buenos Aires en comparación con los estudios de la Capital. Pero no solo es un nivel menor, es un nivel nefasto. Caradura si se quiere. Mi mamá, Alicia se llama (todos lo saben), dio cuenta y quiso que yo tuviera más oportunidades. Que no me estancara, que aprendiera algo. Y esa fue el principal hecho que la movió a mandar la carta y creer el folleto.

Cuando tuve mis primeras entrevistas y contactos con el Liceo fue mediante el imponente Director y los exámenes médicos, en Diciembre de 2001.

Antes de entrar a la reunión en la que el Director me diría qué tantas materias tendría que rendir libres y en equivalencia para poder estar a la altura de mis futuros compañeros, fue cuando los vi. Estaba en el patio cubierto esperando ansioso mi llamado cuando una fila de personitas vestidas al unísono y estúpidamente coordinadas en movimientos pasó por delante de mí trotando y, sin romper la perfecta fila que llevaban, me miraron, disimuladamente pero sin esconder el interés. Como si yo fuera un dinosaurio vivo, Marlon Brando, no se, o algo más exótico aún. El caso es que me sentí íntimamente intimidado. Y desvestido. No, desnudo. Así me sentí. Por suerte esa fila pasó rapidísimo y la sensación también (solo pude recordar un rostro y al tiempo lo conocería, Yasmín se llamaba).

La extraña sensación de ser ajeno a todo se termino cuando me reuní con, como olvidar su nombre, Hugo Jorge Santillán, Capitán de navío de infantería de marina. El Director. El me recibió, a mi madre y a mi, cordial como siempre y en su pintoresca e interesante oficina repleta de recuerdos del orden militar nos sentamos.

Bien, tendría que preparar para rendir algunos temas de biología e informática y preparar toda una materia de arte y otra de música, aprobarlas en un examen oral frente a él y al profesor para luego poder ingresar a 2do año (el primero era el equivalente a mi 8vo año lo que sería repetir un año corrido, no convenía).

Pero eso no era todo. Antes que todo tenía que aprobar un examen escrito de lengua y matemáticas para el cual estudié como nunca en mi vida lo había hecho.

El día del escrito estaba en la sala de espera cuando veo a un chico salir de la oficina del director. Estaba sólo. Reconocí su valentía. Nos pusimos a Charlar. Andrés Tomás se llamaba. Tomás era el apellido me aclaró. Y me contó que estaba haciendo el ingreso al igual que yo y que ya había aprobado el escrito y salía de dar algún oral. Hablamos un rato y antes de irse me dijo que si me llegaban a preguntar algo sobre un tal Borges, que ponga que era un escritor del siglo XX, argentino.

Ya lo sé- mentí.

Un oficial, Rodríguez (bravo y fiero me lo habían descripto) me llamó y escoltó, escaleras arriba, a la biblioteca. Entré y me senté en cualquier lugar. Daba lo mismo, estaba solo. Mi mamá estaba afuera llorando y repleta de pensamientos del tipo “¿en dónde meti a mi hijo?”, “¿… si lo busco y me voy a la mierda y asunto solucionado?” o “Espero que no sangre”.

Mientras completaba los dos exámenes, de matemáticas y lengua, el oficial daba vueltas alrededor mío y cada tanto miraba mi hoja sin disimulo y hasta me hizo algunos leves gestos, (no vas tan mal) ¡Cómo si fuera tan capo!. Cuando llegué a la primera pregunta de Lengua, dicho y hecho: Ubique al escritor Jorge Luis Borges en tiempo y espacio:

Jorge Luis Borges es fue un escritor argentino, que vivió en el siglo XX.

Gracias loco- pensé. Y eso no sería todo.

Cuando salí mi madre estaba ya mejor, y al rato me confesó que mi cara estaba mucho menos blanca y confiada que como la tenía antes de rendir. Que nos fuéramos y que a la tarde nos llamarían con los resultados.

Llegamos al departamento donde vivían mis hermanos en Güemes 3738 4to. C, esquina Salguero y decidimos, los dos ir al cine, a despejarnos. Fuimos a ver, como olvidarlo, Harry Potter y la piedra filosofal. Quizá por esas 2 horas que me dio de tranquilidad y baja tensión es que recuerdo con tanto cariño a esa película. He leído todos los libros y visto todas las películas de la saga en gratitud por ese tiempo en el que desapareció la piel de gallina de mis brazos.

A la vuelta tenía un mensaje en el contestador. Levantó el tuvo mi vieja.

¿Tan rápido?, pensé.

Aprobaste.

Para rendir las equivalencias el método era tener una reunión instructiva y luego, en febrero del año siguiente rendir. Yo no podía hacer eso porque todavía tenía que terminar con las materias del colegio en Pringles. No podía perder el tiempo. Mi madre negoció con el Capitán de Navío que pudiera rendir sin la reunión previa. Ella se haría responsable de que yo estudiara y estuviera a la altura.

Como es bibliotecaria, no tuvo problemas en encontrar todos los libros que necesitaría para todas las materias en la biblioteca donde antes había transpirado el doble examen escrito.

Preparaba cada examen con ella. No sabía estudiar solo y no tenía tiempo todavía para aprender a hacerlo. Tenía que ser práctico. Tenía que aprobar todas.

Era uno por día: Estudiaba ayer para rendir hoy, y hoy para rendir mañana. Rendí todas al hilo en la misma semana. Me sentía para el Nobel.. Antes de rendir la última, lo recuerdo: Estaba sentado en el sillón frente a la puerta del director que estaba cerrada. A un lado sobre otro escritorio estaba el secretario, el Mayor Arias, un gran hombre que siempre me ayudo a pasar los días y algunos trámites mas sencillamente.

Es como si lo viera. Se abrió la puerta y salió Andrés Tomás con cara de haber hecho algo bueno.

-¿Y cómo te fue?

-Bien por suerte, ya entré.

-Felicitaciones (dije, no poco envidioso)

- Mirá, aprobé de pedo (puso una sonrisa que luego sería ya característica de él, dejando entrever un colmillo que tenía salido, el izquierdo superior). A lo último el director me preguntó (no recuerdo cual fue la pregunta)…y no la sabía. Si te preguntan eso, la respuesta es: la vejiga natatoria.

-¿Eh? ¿Me estas jodiendo que toman el universo?

- Nono, de biología. Acordate: La vejiga natatoria…

-De Medio, pase por favor- interrumpió el director.

-La vejiga natatoria…Dios, ¿Qué es eso…?

Volví a entrar pálido. Como todos los días.

 

El examen fue normal pero nada destacado. Que carajo, me transpiraban las bolas. Estaba sobre el abismo, lo sabía.

Y en eso el director lo dijo:

-Disculpe profesor, lo interrumpo. De Medio, dígame…(y me hizo la misma pregunta que a mi predecesor).

-La vejiga natatoria claro está.

-Bien, espere afuera.

santiago de medio

Volví a respirar. A los dos minutos me enteré que ya estaba adentro.

Quisiera hablar a favor de Andrés por un momento. Fue la situación más noble que había visto hasta entonces. El loco había hecho todo solo. Igual que yo, había tenido que dar escritos y orales enfermizos pero lo había hecho solo. Y era de Tigre, no es que venía de Harvard. Yo sé lo que le costó porque se lo que me costó a mí. Pero yo la tuve todo el tiempo a mi mamá al lado. Una santa. Él no. Él lo había hecho solo y contra viento y marea lo había conseguido. Esto va a estar peludo- pensé.

 

Cuando terminamos de conversar con mi vieja, el Unplugged de Clapton ya había empezado otra vez y estábamos llegando a Tres Arroyos. Como broche a la conversación, mi mamá me recordó un hermoso detalle:

Cuando fuí a la biblioteca a buscarte unos libros para el examen que dabas al otro día, mientras estabas rindiendo fui a la biblioteca. Ahí estaban dos chicos: Santiago y Agustín. Me contaron que tenían que hacer una bibliografía sobre la Fragata Sarmiento pero que no encontraban nada. Me puse a buscar en los libros y les encontré todo lo que necesitaban. Les conté de vos y ellos escucharon atentos. Después busqué lo tuyo y me despedí de tus futuros compañeros.

Quién diría. Santiago es alguien a quien guardo profundo.

Ese tal Agustín hoy es un hermano.

 

-Bueno eso es lo que me acuerdo sobre tu ingreso. ¿Qué pensás hacer?

- Van a ser unas memorias en voz alta mamá. Los escritores jóvenes como yo tenemos muchas dificultades para la escritura meticulosa y demasiado ordenada.

-Vas a poner los valores que te han inculcado…

-No. No voy a escribir sobre los valores, voy a escribir sobre el deterioro.

Capítulo tres: El recorte

 

Los lunes en La Escuela Agrotécnica de Pringles nunca me habían gustado. Primero por lunes y segundo porque por la tarde teníamos ganadería y tenía que vérmelas con mis amigos conejos que me dejaban los pulmones del tamaño de un maní cuando terminaba la clase. Llegaba a las 17:30 hs. justo a casa para tomar una leche e irme a Inglés y después a básquet para volver a eso de las nueve de la noche a mi casa.

Corría algún día del año 2001 cuando con la merienda mi mama me dio un recorte de diario.

No me interesó en lo mas mínimo. Lo aparté y me fuí a seguir con mis actividades. Esa noche, durante la cena, mi mamá volvió a tocar el tema del recorte pero no le presté atención. Estaba muy cansado y era recién lunes. Pensaba en las clases venideras, en los ejercicios de inglés y en el partido de básquet del sábado.

Bueno, tengo que ser sincero y no puedo mentir desde la primera hoja: Pensaba en eso pero por sobre todo pensaba en ella, Josefina, una mina que iba a La Agro y que era más grande que yo que me volvía loco. Fue mi primer amor de la adolescencia. Y como resistirme a esa cabellera rubia ondulada, ese andar despreocupado y ese porte, sobre su bicicleta amarilla. Si existía Josefína -¡y puta que existía!-, aunque ella no estoy seguro supiera de mi existencia, que me iban a importar los diarios, la actualidad o lo que fuere. Mucho menos ése recorte. Mi mamá me hablaba y yo pensaba en ella, en todo lo que me gustaba, en lo cerca de mi casa que vivía, y lo lejos que estaba de mí su existencia. El tiempo me acercará a ella- pensaba, y no estaba tan errado.

Mi mamá terminó de hablar y me encontró indiferente. Repitió el asunto un millón de tardes y de noches, pero yo nunca la escuché. Seguramente estaba ocupado pensando en lo rubia que era Josefina, en cómo será tocar el tono FA con cejilla en la guitarra o cosas por el estilo.

Pero un día logró la proeza: me hizo leer el recorte. Quién diría, aún lo guardo:

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Bueno, lo leí, cumplí y lo olvide. Era pendejo ¿que hubieras hecho vos? No me jodas.

Durante los días venideros mi madre me acosaba con preguntas del tipo: ¿Y si llamamos a ver como es? ¿Y si probamos? Total, no perdemos nada con llamar y preguntar. Y lo hizo tantas veces que decidí decirle que si, que llame, que pruebe, pero que no me moleste más.

Al tiempo llegó a mi casa un sobre con información. Un conocido folleto y demás artillería pesada.

Se preguntarán que fue de Josefina. Bueno, a esta altura ya no es más importante que el recorte.

Capítulo dos: El sueño

Para Pino

Siempre creí que el Liceo había terminado en diciembre de 2005 con mi egreso y el viaje de egresados. Nunca fui de esos que vivían recordando viejas anécdotas melancólicas sobre cómo todo antes era mejor que ahora. Nunca me intereso en lo más mínimo, cuando me hablaban a mí, cambiaba de tema lo más rápido posible y trataba de no hacer comentarios al respecto. No sabría decir cual era (y tal vez siga siendo de alguna forma) mi
negación para con el Liceo y esos larguísimos años pasados ahí dentro. Creí que lo había olvidado, que era pasado, que no me interesaba.

Hasta que muchos años más tarde, puede que haya sido en 2008, tuve este sueño:

Estaba en el Liceo otra vez, pero no en el pasado. Sino en el presente. Era todo muy real. Estaba en el camarote. Estaba
solo. Miré a alrededor y juro que creí estar despierto. En cierto momento de lucidez me miré y note que estaba vestido con la ropa (de civil) con la que me había acostado en mi confortable cama antes de entrar en este sueño. Entonces pensaba estúpidas justificaciones para estar dentro de este sueño en esta especie de vigilia soñadora. Pensé que me sancionarían si me vieran sin el uniforme reglamentario y así fue. Apareció el Guardiamarina Gómez y me sancionó por “no circular con el uniforme reglamentario”.

Desperté y lo comprendí. Yo también extrañaba al Liceo. A mis compañeros. A todo. Incluso a lo peor de todo ese complejo pasado. Traté de negármelo hasta a mí mismo pero no pude. También había sido atrapado por esa maraña de recuerdos
melancólicos y añejos que de repente me confortaban y me hacían feliz. Me sentí alguien más importante. Y sufrí. Sufrí la extrema melancolía y negación guardadas por tanto tiempo dentro de mí en un segundo. Sentí angustia.

Y luego supe que lo que había que hacer era justamente, como el sueño. No volver atrás, sino estar ahí hoy. Vuelvo a mis pensamientos con la mentalidad de hoy para contar –no, la historia sino- mi historia.

En eso estoy.