martes, 26 de julio de 2011

Capítulo cuatro: Pringles-Tres Arroyos

 

Martes 12 de enero de 2010.

Mi madre y mi abuela tienen cita con el oculista en Tres Arroyos. Yo, de vacaciones, me ofrezco a llevarlas y traerlas. Por pasear.

Tres Arroyos queda a no más de 120 Km. de Pringles en un camino totalmente recto y poco transitado: el viaje de ida saca solo la conversación.

Pongo el Unplugged de Clapton en la radio. A eso del quinto tema bajo el volumen, junto coraje, y por vez primera le digo a mi mamá que estoy escribiendo un libro. Uno de memorias. Sobre el Liceo y mis recuerdos sobre esos años.

Mis primeros días en el Liceo, y casi hasta todo mi primer año son muy difusos. Ni hablar de los trámites de ingreso y todos esos momentos previos. Entonces la entrevisto y hago que me cuente todo lo que recuerde de esos días.

Parafraseándola, en primera persona:

Los trámites de ingreso los hice mientras terminaba con las materias del 8vo año de La Escuela Agrotécnica. Y era el 8vo año y no Primer Año como en el Liceo porque en la provincia habían tomado el estúpido plan del Polimodal. Algo que en el momento no pude comprender y siempre me dijeron pero que con el tiempo pude asimilar. Era una reforma estúpida, me dice mi mamá quien trabaja en docencia y de bibliotecaria desde muy joven, que lo único que ha hecho es bajar el nivel de la educación en los colegios del interior de la Provincia de Buenos Aires en comparación con los estudios de la Capital. Pero no solo es un nivel menor, es un nivel nefasto. Caradura si se quiere. Mi mamá, Alicia se llama (todos lo saben), dio cuenta y quiso que yo tuviera más oportunidades. Que no me estancara, que aprendiera algo. Y esa fue el principal hecho que la movió a mandar la carta y creer el folleto.

Cuando tuve mis primeras entrevistas y contactos con el Liceo fue mediante el imponente Director y los exámenes médicos, en Diciembre de 2001.

Antes de entrar a la reunión en la que el Director me diría qué tantas materias tendría que rendir libres y en equivalencia para poder estar a la altura de mis futuros compañeros, fue cuando los vi. Estaba en el patio cubierto esperando ansioso mi llamado cuando una fila de personitas vestidas al unísono y estúpidamente coordinadas en movimientos pasó por delante de mí trotando y, sin romper la perfecta fila que llevaban, me miraron, disimuladamente pero sin esconder el interés. Como si yo fuera un dinosaurio vivo, Marlon Brando, no se, o algo más exótico aún. El caso es que me sentí íntimamente intimidado. Y desvestido. No, desnudo. Así me sentí. Por suerte esa fila pasó rapidísimo y la sensación también (solo pude recordar un rostro y al tiempo lo conocería, Yasmín se llamaba).

La extraña sensación de ser ajeno a todo se termino cuando me reuní con, como olvidar su nombre, Hugo Jorge Santillán, Capitán de navío de infantería de marina. El Director. El me recibió, a mi madre y a mi, cordial como siempre y en su pintoresca e interesante oficina repleta de recuerdos del orden militar nos sentamos.

Bien, tendría que preparar para rendir algunos temas de biología e informática y preparar toda una materia de arte y otra de música, aprobarlas en un examen oral frente a él y al profesor para luego poder ingresar a 2do año (el primero era el equivalente a mi 8vo año lo que sería repetir un año corrido, no convenía).

Pero eso no era todo. Antes que todo tenía que aprobar un examen escrito de lengua y matemáticas para el cual estudié como nunca en mi vida lo había hecho.

El día del escrito estaba en la sala de espera cuando veo a un chico salir de la oficina del director. Estaba sólo. Reconocí su valentía. Nos pusimos a Charlar. Andrés Tomás se llamaba. Tomás era el apellido me aclaró. Y me contó que estaba haciendo el ingreso al igual que yo y que ya había aprobado el escrito y salía de dar algún oral. Hablamos un rato y antes de irse me dijo que si me llegaban a preguntar algo sobre un tal Borges, que ponga que era un escritor del siglo XX, argentino.

Ya lo sé- mentí.

Un oficial, Rodríguez (bravo y fiero me lo habían descripto) me llamó y escoltó, escaleras arriba, a la biblioteca. Entré y me senté en cualquier lugar. Daba lo mismo, estaba solo. Mi mamá estaba afuera llorando y repleta de pensamientos del tipo “¿en dónde meti a mi hijo?”, “¿… si lo busco y me voy a la mierda y asunto solucionado?” o “Espero que no sangre”.

Mientras completaba los dos exámenes, de matemáticas y lengua, el oficial daba vueltas alrededor mío y cada tanto miraba mi hoja sin disimulo y hasta me hizo algunos leves gestos, (no vas tan mal) ¡Cómo si fuera tan capo!. Cuando llegué a la primera pregunta de Lengua, dicho y hecho: Ubique al escritor Jorge Luis Borges en tiempo y espacio:

Jorge Luis Borges es fue un escritor argentino, que vivió en el siglo XX.

Gracias loco- pensé. Y eso no sería todo.

Cuando salí mi madre estaba ya mejor, y al rato me confesó que mi cara estaba mucho menos blanca y confiada que como la tenía antes de rendir. Que nos fuéramos y que a la tarde nos llamarían con los resultados.

Llegamos al departamento donde vivían mis hermanos en Güemes 3738 4to. C, esquina Salguero y decidimos, los dos ir al cine, a despejarnos. Fuimos a ver, como olvidarlo, Harry Potter y la piedra filosofal. Quizá por esas 2 horas que me dio de tranquilidad y baja tensión es que recuerdo con tanto cariño a esa película. He leído todos los libros y visto todas las películas de la saga en gratitud por ese tiempo en el que desapareció la piel de gallina de mis brazos.

A la vuelta tenía un mensaje en el contestador. Levantó el tuvo mi vieja.

¿Tan rápido?, pensé.

Aprobaste.

Para rendir las equivalencias el método era tener una reunión instructiva y luego, en febrero del año siguiente rendir. Yo no podía hacer eso porque todavía tenía que terminar con las materias del colegio en Pringles. No podía perder el tiempo. Mi madre negoció con el Capitán de Navío que pudiera rendir sin la reunión previa. Ella se haría responsable de que yo estudiara y estuviera a la altura.

Como es bibliotecaria, no tuvo problemas en encontrar todos los libros que necesitaría para todas las materias en la biblioteca donde antes había transpirado el doble examen escrito.

Preparaba cada examen con ella. No sabía estudiar solo y no tenía tiempo todavía para aprender a hacerlo. Tenía que ser práctico. Tenía que aprobar todas.

Era uno por día: Estudiaba ayer para rendir hoy, y hoy para rendir mañana. Rendí todas al hilo en la misma semana. Me sentía para el Nobel.. Antes de rendir la última, lo recuerdo: Estaba sentado en el sillón frente a la puerta del director que estaba cerrada. A un lado sobre otro escritorio estaba el secretario, el Mayor Arias, un gran hombre que siempre me ayudo a pasar los días y algunos trámites mas sencillamente.

Es como si lo viera. Se abrió la puerta y salió Andrés Tomás con cara de haber hecho algo bueno.

-¿Y cómo te fue?

-Bien por suerte, ya entré.

-Felicitaciones (dije, no poco envidioso)

- Mirá, aprobé de pedo (puso una sonrisa que luego sería ya característica de él, dejando entrever un colmillo que tenía salido, el izquierdo superior). A lo último el director me preguntó (no recuerdo cual fue la pregunta)…y no la sabía. Si te preguntan eso, la respuesta es: la vejiga natatoria.

-¿Eh? ¿Me estas jodiendo que toman el universo?

- Nono, de biología. Acordate: La vejiga natatoria…

-De Medio, pase por favor- interrumpió el director.

-La vejiga natatoria…Dios, ¿Qué es eso…?

Volví a entrar pálido. Como todos los días.

 

El examen fue normal pero nada destacado. Que carajo, me transpiraban las bolas. Estaba sobre el abismo, lo sabía.

Y en eso el director lo dijo:

-Disculpe profesor, lo interrumpo. De Medio, dígame…(y me hizo la misma pregunta que a mi predecesor).

-La vejiga natatoria claro está.

-Bien, espere afuera.

santiago de medio

Volví a respirar. A los dos minutos me enteré que ya estaba adentro.

Quisiera hablar a favor de Andrés por un momento. Fue la situación más noble que había visto hasta entonces. El loco había hecho todo solo. Igual que yo, había tenido que dar escritos y orales enfermizos pero lo había hecho solo. Y era de Tigre, no es que venía de Harvard. Yo sé lo que le costó porque se lo que me costó a mí. Pero yo la tuve todo el tiempo a mi mamá al lado. Una santa. Él no. Él lo había hecho solo y contra viento y marea lo había conseguido. Esto va a estar peludo- pensé.

 

Cuando terminamos de conversar con mi vieja, el Unplugged de Clapton ya había empezado otra vez y estábamos llegando a Tres Arroyos. Como broche a la conversación, mi mamá me recordó un hermoso detalle:

Cuando fuí a la biblioteca a buscarte unos libros para el examen que dabas al otro día, mientras estabas rindiendo fui a la biblioteca. Ahí estaban dos chicos: Santiago y Agustín. Me contaron que tenían que hacer una bibliografía sobre la Fragata Sarmiento pero que no encontraban nada. Me puse a buscar en los libros y les encontré todo lo que necesitaban. Les conté de vos y ellos escucharon atentos. Después busqué lo tuyo y me despedí de tus futuros compañeros.

Quién diría. Santiago es alguien a quien guardo profundo.

Ese tal Agustín hoy es un hermano.

 

-Bueno eso es lo que me acuerdo sobre tu ingreso. ¿Qué pensás hacer?

- Van a ser unas memorias en voz alta mamá. Los escritores jóvenes como yo tenemos muchas dificultades para la escritura meticulosa y demasiado ordenada.

-Vas a poner los valores que te han inculcado…

-No. No voy a escribir sobre los valores, voy a escribir sobre el deterioro.

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