martes, 26 de julio de 2011

Capítulo seis: Mamá, Papá: El Liceo

 

Ya con el flamante uniforme de diario puesto y todo organizado en nuestras taquillas (según indicaba un papel que mostraba como ordenar cada cosa en el lugar apropiado para fomentar el orden y la prolijidad) el reloj dictó las doce y veinte: hora de almorzar.

Salimos del camarote y por primera vez sentí que era otra persona. Que ya no era ajeno o extraño a la monstruosa estructura que se erigía a mí alrededor. Ya formaba parte se eso. El asunto ya había comenzado y ya estaba muy metido en el. No había vuelta atrás. No mires atrás- me dije.

Pero había que almorzar. Nos hicieron formar una torpe fila a los gritos en orden de mayor a menor y sin perder el temor a la bravura del oficial caminamos en silencio pero rápidamente al comedor: un edificio situado a unos 50 metros del camarote.

Ese corto trayecto proyectaba en el lado derecho otro edificio de camarotes exactamente igual al nuestro que era ocupado por los aspirantes a suboficiales y en el lado izquierdo por el Casino de oficiales, un misterioso lugar que no estaba, como yo sospechaba, repleto de ruletas ni mesas de blackjack sino de cosas que se me revelarían mas adelante con el tiempo.

Entramos al comedor y ya estaban nuestras compañeras haciendo una fila para comer. Nos indicaron tomar una bandeja de color azul a un lado de la fila, poner un plato sobre ella y al pasar por el mostrador nos sirvieron una milanesa con no recuerdo qué como almuerzo. Nada mal –pensé.

Yo era uno de los últimos en haberme servido así que tuve problemas para encontrar una ubicación pero no entiendo que es lo que pretendía, de todas formas no conocía a nadie, cualquier lugar sería incómodo. Lo único importante era no sentarme una mesa que tuviera un oficial en la cabecera. Me senté yo mismo en una cabecera y no recuerdo más de ese almuerzo además de terminar, dejar la bandeja en un lugar destinado para ello a un lado de la barra de servicios y formar nuevamente afuera del edificio.

Formar, todo se hace previo formar para ello.

Tengo pocos y difusos recuerdos sobre el reclutamiento y me es imposible ordenarlos de una forma lógica o justa. Estoy limitado de antemano a contar las cosas según me las dicte la memoria, o me mienta el subconsciente.

El caso es que esa tarde (habrá sido seguramente) nos enseñaron algunas cosas básicas como la posición de firmes: espalda erguida, mentón en alto, las manos pegadas a los lados del pantalón con el dedo mayor sobre la costura en forma plana, los pies tocándose los tacos y las puntas alejadas a 45 grados, hombros para atrás. Por supuesto fue difícil lograr la postura adecuada pero con el tiempo todos la naturalizamos y se volvió algo común, hasta una posición cómoda para el cuerpo (sobre todo en las interminables ceremonias que estaban por venir).

Esa tarde era la primera visita de nuestras familias, por ende nos prepararon y acomodaron para tal efecto.

Lo más importante fue la revisión del corte de pelo. Había que ir con el pelo corto a uno. Yo me corte el pelo corto pero nada de exageraciones, asíque fuí uno de los primeros en tener que ir a la peluquería local (en un edificio que quedaba en diagonal al comedor) para que me destruyeran mi hermosa cabellera con un corte por demás prominente. (que luego repetiría en incontables ocasiones por la módica suma de dos pesos…imaginate el corte…)

Fui uno de los más afectados por el corte de pelo y eso saltó a la vista instantáneamente cuando mis padres y mis hermanos se reunieron conmigo aquella tarde en la plaza de armas (a.k.a., el patio donde se forma, rodeado de bancos para sentarse cuando te lo permiten). Alrededor se podían ver numerosas familias cada una de ellas sumergida en su pequeño mundo personal ocupado en el centro por un cadetito, al igual que mi familia y yo. Dimos unas vueltas mientras les mostraba lo poco que conocía del predio: el camarote, mi cama, mi taquilla, los zapatos de idiota, el comedor. Les conté el asunto de los monos. No mucho más.

Hasta entonces siempre había tenido la tranquilidad de no estar solo porque esperaba a mis padres. Pero cuando se fueron todo retomo su curso: formar, callarse, estar quietos, no tocarse. Cada vez que alguno movía un dedo nos pegaban unos gritos que se escuchaban hasta la cancha de River.

Nos enseñaron a ejecutar. ¿Qué es esto? Es un castigo físico y corporal pero también psicológico con el que se castiga la falta de marcialidad o apego a las normas militares. Hablás, ejecutás. Te movés en formación, ejecutás. Te vestís mal, ejecutás. Ejecutás, ejecutás.

Manos a la nuca, medio- nos decían para ponernos las manos en la nuca y arrodillarnos hasta tocarnos el culo con los tacos de los zapatos. Había que quedarse en esa posición hasta que el oficial gritaba arriba. Subíamos y volvía a decir medio, y así sucesivamente hasta que entendías que no había que volver a hacer eso que habías hecho mal por lo que estabas pagando con ejecuciones.

La otra forma era la clásica cuerpo a tierra: Te tirabas de jeta al piso -literalmente- y decían arriba y abajo para indicarte cuando tocar el piso con la pera sin apoyar el cuerpo o tener los brazos estirados y la espalda erguida. Con el mismo fin, destruir tu moralidad y hacerte transpirar y ensuciar las flamantes aunque horribles camisas nuevas.

Después estaban Las Paraguayas: eran como las flexiones de brazos pero de otro país. En lugar de subir y bajar tenías que aplaudir sin dejar que tu cuerpo caiga al piso. Un lindo ejercicio sobretodo para hacerlo 50 veces antes de comer así llegabas con las manos todas sucias y que decirte de la transpiración de las camisas, algo muy higiénico. Además, con los brazos acalambrados e inexpertos en esto de ejecutar, era difícil a veces llegar con el tenedor a la boca por el calambre. Eso lo contaré y graficaré mas tarde, con un cuento de El Guampa.

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