…123...
De todos los números de tres cifras a mi me había tocado 123. El más lógico de todos. El más fácil de recordar. Un punto de ventaja para mí- pensé.
Los que me rodeaban tenían las matrículas 124, 137, 169, 141…Lo mío era perfecto.
Todas nuestras cosas tenían nuestro número. Era como un cofre en el sentido más abstracto: Algo que contenía todas nuestras preciadas, preciadísimas, posesiones. Entonces fue difícil pensar que seríamos un número durante tantos años eternos. Un apellido y un número. No conozco un límite peor.
Miré alrededor y los vi a todos concentrados en su botín apilado sobre cada cama rotulada con respectivos números…123…
Había de todo…Unas camisas blancas manga corta, dos pantalones de vestir azules, un par de zapatos absolutamente desagradables solo comparables con las igual de desagradables Event blancas, una camperita finita ¿para la lluvia?, dos pares de medias azules y otros dos blancos…un pantalón corto del mismo azul (bien, bien militar) varias remeras blancas, algunas con el logo del Liceo en el lado del corazón, y una gorrita (para usar afuera- pensé) y un cinturón. Había varias pavadas más pero quisiera detenerme en el cinturón.
En Pringles, hay varios egresados del Liceo. Pepe Bisotti es Pringlense y vive a una cuadra de mi casa. El conoce a mis hermanos mayores pero yo lo conocí apenas
-creo que recuerdo- hace no tanto, cerrando Fuel, un bar de Pringles, en un temprano en 2008.
Okey, fue una charla de borrachos y de repente se que me enteré que era egresado del Liceo. Anécdota mía, anécdota de él, se nos hicieron las mil intercambiándolas. Pero no porque mil horas fueran suficientes, sino porque mil horas son suficientes para que el dueño del bar esté entre echarnos, denunciarnos o cobrarnos.
Nos fuimos haciendo eses esas dos cuadras que había que caminar, ya de día y al llegar a la puerta de su casa Pepe sacó las llaves de su bolsillo y me mostró el cinturón de su pantalón: El cinturón del Liceo, el mismo que estaba sobre la cama aquel día del inicio de mi reclutamiento. Me dijo que desde que salió del Liceo lo había llevado siempre. Siempre. Todos los días de su vida. Todas las veces que el pantalón llevase precintos ahí estuvo y estaría. Toda la vida- me juró. Naturalmente le creí.
De esa noche en adelante me crucé con mi Camada (así me llamó desde entonces) un millón de oportunidades y en todas, antes de saludarlo le levantaba la camisa o lo que fuere y chequeaba que ahí estuviese el susodicho cinto con el escudo de La Armada en un dorado gastado. Y siempre ha estado ahí. ¿Qué intenso sentimiento puede llevar alguien adentro como para mantener esa intachable conducta durante tantos años? ¿Un colegio puede hacer eso? ¿Es que existen sentimientos para esa clase de cosas?
Naturalmente.
Cuántos recuerdos deben relacionar a ese cinturón con el pasado de Pepe, no lo sé, pero sé, veo, y entiendo que deben ser muchos e intensos. Mis compañeros no me dejarían mentir.
Pero volvamos al reclutamiento: El Guardiamarina Medina Torre gritaba como una histérica órdenes de ponernos, sacarnos, probarnos y cambiar a otros talles nuestras cosas para corroborar que todo calce. A mí me entro todo bien, por suerte, porque estaba aterrado de tener que hablar con esos tipos, pero al pibe de al lado mío, el 137, no le entraba nada. Y cada vez que avisaba que otra prenda le quedaba chica, grande, o no la tenía ponía más furioso al GU. Finalmente le sacaron todo y arrancaron de nuevo con él una vez concluida la maniobra con todos los demás.
Después de… ¿Cuánto?, ¿dos horas? Terminamos con lo que sería el uniforme diario: Camisa manga corta blanca, pantalón de vestir y medias azules, los zapatos de imbécil, el cinturón -modelo Pepe Bisotti- y la gorrita (que siempre debía ir puesta en lugares descubiertos…sin techo, va).
Nos dijeron que existía algo llamado colación y que consistía en un breve alimento a media mañana, entre el desayuno y el almuerzo. Y era justamente en ese momento. Nos hicieron formar una fila, ¡en silencio!- gritaba ya sabés quién, y nos dieron una lata de gaseosa (por única vez en cuatro años) y un alfajor.
Ahí vendría mi primer escalofrío en serio:
Delante de mí en la fila venía el 124, (Federico Frigerio rezaba su rótulo) y cuando le dieron lo suyo dijo lo que cualquiera hubiera dicho: Gracias.
¡Gracias hacen los monos!- le contestó absurdamente, pero en un tono muy alto e intimidante, el bravo oficial.
Yo, piolón, retiré todo calladito la boca. No soy un mono…

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