martes, 4 de mayo de 2010

Capítulo Uno: Una mañana

Empiezo este libro al igual que como empezó esta historia: Una mañana. Pero una mañana no tan madrugada, ya no puedo levantarme tan temprano sin dormir lo suficiente como para madrugar. El horario, lo sé, no importa, mis compañeros saben también que ahí no importa la hora que diga el reloj, sino la que dicta el cuerpo.

No pretendo escribir una enciclopedia ni mucho menos un libro de datos verídicos y verificables, por eso opto por un libro espontáneo y en carne viva. Perdón por lo sincero.

Esa mañana, la primera, entramos todos los nuevos al predio de La Escuela de Mecánica de la Armada (desde ahora ESMA) por la entrada sobre la Avenida del Libertador al 8000. Recuerdo que todos, o casi, estaban de traje, menos yo, obvio. Yo llevaba una remera que me había regalado mi padrino poco antes, una bermuda que aún me entra y zapatos náuticos (el mismo modelo que he usado toda mi vida.)
Entré obedeciendo una fila aleatoria que se había formado, dejé a mis padres, pasé por un escritorio y volví a hacer una fila. Era un día soleado.
Vi las caras de todos y no entendí nada. Seguro porque ellos tampoco lo hacían. Eran todos extraños. Pero extraños en serio. Yo llevaba una mochila Columbia sobre el hombro izquierdo y el pelo corto (no tanto, descubriría poco después).
El Guardiamarina Medina Torre se presentó y dijo la primera frase que quedaría grabada entre mis sienes:

Mírense las caras. Van a ser amigos para siempre

Todos lo hicimos. Aunque era muy temprano para comprender.
Pasamos por una calle que con el tiempo sería cada vez más y más larga y llegamos hasta la esquina del instituto, pasando por la enfermería (único lugar que más o menos conocía por entonces). A mi izquierda, o debería decir babor estaba el predio propiamente dicho, El Liceo Naval Almirante Brown. Imponente. A mi derecha los camarotes (llamaban a las habitaciones). En el camino dejamos a las mujeres en su camarote, frente a la enfermería.

Entramos al nuestro. Era un pasillo largo, una escalera que subía misteriosamente a lugares inimaginables y había dos baños mas adelante, uno de cada banda. Hicimos una cola. Conforme avanzaba encontré una puerta abierta del lado izquierdo que daba a una habitación estilo baño que serían las duchas. A la derecha había otra puerta cerrada. Mas adelante había una puerta frontal abierta: alguna voz de dentro iba nombrando personas que pasaban y de a poco íbamos siendo menos, hasta que quedamos cinco. Entre alguno de esos cinco me llamaron a mí: ¡Santiago De Medio!- Gritó un tipo con cara de malo desde dentro.
Pasé y no recuerdo que me dijo, pero me indicó austeramente una cama que estaba llena de cosas encima. El miedo me permitió mirar alrededor sólo cuando la atención de los tipos esos estuvo centrada en otro apellido. Éramos muy pocos de este lado del camarote dividido por una hilera de taquillas celestes. Lo que había del otro lado me era incierto. Me quedé más o menos quieto y expectante.

Todos los que entraron detrás de mí vinieron para este lado y sus camas estaban ubicadas cerca de la mía. Eran todas cuchetas. La mía era la de arriba y daba los pies al pasillo que dejaba no mucho mas de un metro hasta la hilera de taquillas.
Nos pidieron silencio de una manera aterradora, todos quedamos petrificados. Hablaba el mismo de hoy, creo, ese tal Medina Torre, justo frente de la puerta, en medio de la habitación, a no más de cinco metros de mí. Nos hizo ver los pies de nuestras camas.

“¿Ven? Hay un rótulo que dice sus nombres y al lado hay un numerito que se llama matrícula, todas sus pertenencias estarán endosadas con ese número que es único y personal y esa es la prueba de su posesión (…) El que olvide ese número está muerto”.

O algo así. El caso es que no había de que preocuparse, nunca lo olvidaría, ni yo ni mis compañeros. Mi matrícula era –y es- 123.

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